Luna nueva – Solsticio de Invierno – Yule – Navidad

Hola hermosa,

Anoche, después de una tarde preciosa con una amiga, me quedé con ganas de escribirte.

Habíamos compartido un rato de autocuidados de esos que no se planean y que, precisamente por eso, se vuelven un lujo. Masaje, aceites esenciales calentados directamente sobre la estufa de leña, conversación tranquila, silencio cómodo. De esos momentos que no cuestan dinero, pero que valen muchísimo. Cuando ella se fue y la casa volvió a quedarse en calma, sentí que era buen momento para sentarme y contarte todo esto.

Hoy es luna nueva. Y mañana, 21 de diciembre, entramos en el solsticio de invierno. El día más corto del año, la noche más larga. A partir de ahí, aunque todavía no lo notemos, la luz empieza lentamente a regresar. No es un cambio espectacular ni inmediato. Es discreto, casi invisible. Pero está ocurriendo.

Este momento del año se celebraba mucho antes de que existiera la Navidad tal y como la conocemos. En las culturas celtas se llamaba Yule, una fiesta ligada al solsticio, al fuego en el hogar, al recogimiento, a la vida que sigue latiendo bajo tierra mientras todo parece detenido. La Navidad cristiana se colocó después sobre este momento del calendario solar. Por eso compartimos símbolos que vienen de muy atrás: el fuego, las luces, el árbol, el estar juntas.

Quiero contarte que yo no me siento conectada con las fiestas tal y como se viven hoy. No conecto con el consumo, ni con las agendas llenas, ni con la idea de “tener que celebrar”. Y, aun así, no reniego de la cultura de la que vengo. Me interesa nombrarla, comprenderla, sentir qué de todo eso sigue vivo en mí y qué no.

Lo que hago, cada vez más, es escuchar mis ritmos naturales. Ver qué necesita mi organismo en invierno. Menos estímulo, más calor, más pausa. Y desde ahí compartir. Sin forzarme a creer, sin rechazar por sistema, pero tampoco obedeciendo tradiciones que ya no me representan.

Algo que siempre me conecta con este tiempo es la cocina lenta. En muchas casas, en estas fechas, se hacía escudella. Una olla grande al fuego durante horas. Un caldo que alimentaba a muchas personas. No era solo comida, era cuidado.

Te dejo aquí la receta, sencilla, como se ha hecho siempre, adaptada a lo esencial:

Escudella catalana (caldo de huesos)

Ingredientes

Huesos de ternera y/o pollo (mejor ecológicos)

Carcasa de pollo (opcional)

Zanahoria

Puerro

Apio

Col

Patata o nabo

Ajo

Sal marina

1 cucharada de vinagre de manzana

Preparación

Pon los huesos en una olla grande con agua fría.

Añade la cucharada de vinagre de manzana desde el inicio (ayuda a extraer los minerales de los huesos).

Lleva a ebullición suave y retira la espuma con calma.

Baja el fuego y deja cocer lento, varias horas (entre 12 y 24 para que extraiga todo el colágeno, que nos viene muy bien para nuestros huesos, articulaciones, músculos, piel… una buena medicina)

Añade las verduras en la última hora.

Cuela y toma el caldo solo o con un poco de verdura.

Es un alimento medicina que nos reconforta, calienta y sostiene mucho, especialmente en invierno y para las mujeres.

Y ahora te propongo algo. Si te apetece, coge un papel y un lápiz. Puedes hacerlo sola o compartirlo si estás con amig@s, pareja, hij@s o familia, como más te guste.

Respóndete por escrito, o dibuja y si quieres también puedes dejarme un comentario que me encantará leerte

¿Qué plato se cocinaba en tu casa en estas fechas cuando eras pequeña?

¿Qué olor recuerdas del invierno?

¿Qué tradiciones sigues manteniendo y cuáles ya no te representan?

¿En qué sueños o proyectos quieres poner energía este próximo tiempo?

¿Qué sí quieres materializar y a qué vas a decir que no?

No porque cambie el año, sino porque tú eliges enfocarte ahí.

Porque, si lo miramos bien, la vida no entiende de años que empiezan y acaban el 31 de diciembre. Eso son acuerdos humanos. Cada cultura ha tenido —y tiene— su propio calendario. Lo que de verdad nos une no es una fecha concreta, sino algo mucho más básico: la naturaleza, los ciclos del lugar donde vivimos, el sol, la luna, el frío, la luz.

Y por cierto, tampoco es que el sol salga y se ponga. Somos nosotras, desde la Tierra, las que nos movemos. Cambia la perspectiva. Y eso, simbólicamente, dice mucho.

Yo me despido aquí, en este inicio del invierno, con la intención de seguir escuchando, cuidando mi energía y eligiendo con más conciencia dónde pongo mi tiempo y mi atención.

En la próxima newsletter, cuando llegue la Candelera, volveré a escribirte para hablar de ese otro punto del invierno en el que ya empezamos a notar que la luz está más cerca de la primavera.

Hasta entonces, abrígate, baja el ritmo todo lo que puedas y cuídate bien.

 ¡Bienvenida a este rincón de autocuidados!

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